03 septiembre 2010
En casi todas las épocas, en todas casi las culturas y en casi todos los países, los niños, una vez adquiridas ciertas habilidades de autonomía, se socializaban en la calle; allí aprendían lo útil y lo inútil, lo sublime y lo perverso, la defensa y el ataque, la bondad y la maldad, a aparecer y a desaparecer; aprendían imitando a los adultos y de las consecuencias que éstos ponían a sus acciones, por lo que la tarea educativa era más comunitaria de lo que es ahora, ya que existían más probabilidades de que cualquier adulto corrigiera un mal acto de un menor o que le reforzara uno correcto. Esto fue lo que ocurrió en la Atenas clásica: Diógenes el cínico (412 a .c.-323 a .c.), vio al hijo de una ramera que estaba tirando piedras contra todos los hombres que pasaban, se le acercó y dando un precioso modelo de calma y tranquilidad le dijo: “detente, mira que puedes apedrear a tu padre”. Y es que el consejo a tiempo de un hombre sabio es más educativo que todas las acciones precipitadas o a destiempo.
31 agosto 2010
La inteligencia del burro.
Para demostrar la excelente inteligencia del filósofo presocrático Tales de Mileto se han contado múltiples anécdotas. Una de las más curiosas la leí hace unos días en “Las Morales” de Plutarco (46-120 dc). Venía a decir, más o menos, que un arriero tenía un burro con el que transportaba sal a diferentes mercados. Un día se acercó a la orilla del río para beber agua y como el agua le cubriese la carga de sal y notase el burro que ésta se diluía, adquirió la costumbre de hacer lo mismo cada día, librándose de la carga y destruyendo la mercancía del arriero. Consultado Tales sobre la manera de actuar con el animal, mandó que se sustituyese la carga de sal por hierba y esponjas secas. Al salir del agua, ya no notó ningún alivio de la carga, más al contrario, el peso en sus espaldas fue mayor que aquel con el que había entrado. Así cesó la mala costumbre del burro.
Lo curioso del caso es que, empleada la anécdota como demostración de la inteligencia de Tales, lo que en verdad expone son los altos repertorios intelectuales del burro.
25 agosto 2010
Modas....
Un día predicaba en París Jean baptiste Massillon (1663-1742), obispo y gran predicador francés, contra las vanidades de este mundo y decidió hacerlo comenzando con un sagaz alegato contra la moda que, según él, es la síntesis de todas las vanidades. Dominaba en aquella época el furor por los lunares postizos, que estratégicamente colocados en la cara resultaban muy atractivos a los ojos de los franceses. El elocuente sacerdote los reprobaba como medio diabólico de atraer las miradas indiscretas. “¿Por qué, -decía amargamente- no los pintáis también en los hombros, en la garganta y en el pecho para acrecentar vuestra ficticia seducción, para alucinar hasta los limites de lo posible a vuestros incautos admiradores?”
El consejo no fue desaprovechado. Al día siguiente apenas se encontraba ya dama de prestigio que no ostentase en el cuello o en el pecho su lunar. Hasta el punto que ese lunar recibió el nombre de Massillon. Y es que a buen entendedor, pocas palabras bastan.












